En el corazón de Cáceres, hay un sitio que no solo da de comer: te escucha, te cuida y te cocina la memoria. Se llama Borona Bistró y su Menú Baileja no es un menú degustación cualquiera. Es una secuencia de relatos servidos con cuchara, cuchillo y respeto.
Aperitivos para abrir boca y abrir la historia:
– Migas con patatera, como las de antes, pero sin disfraz. Grasas nobles, pan crujiente, emoción directa al paladar.
– Un pucherico del día que reconforta sin necesidad de nostalgia impostada.
El entrante nos devolvió la fe en la cocina contemporánea sin postureo:
– Sabayón de calabaza, papada en adobo y huevo a 65º. Técnica, sabor, textura y un equilibrio que dice mucho sin decirlo todo. Un plato que no grita, pero se queda contigo.
Y entonces llegó la disyuntiva…¿Bacalao o carrillera? Elegimos no elegir.
– Lomo de bacalao entomatao: cocinado con mimo, con tomate de los que aún saben a tomate y un fondo que pide pan.
– Carrillera ibérica al PX con patatas revolconas: melosa, intensa, con patata de verdad, de la que no se esconde.
El postre es un homenaje sin florituras ni espumas:
– El flan de la abuela Julita. Sin reinterpretaciones. Solo sabor, textura y un cierre que hace justicia al conjunto.
Todo esto regado con un vino que no conocíamos y al que ya queremos volver:
Torre Julia 2018 (Pago, Ribera del Guadiana – Cabernet Sauvignon, Merlot y Graciano). Redondo, elegante, cómplice del menú.
¿Y el trato? A la altura de lo servido.
El propio Víctor, chef y narrador de cocina, se acercó dos veces a la mesa. No para vendernos el plato, sino para compartirlo. Y eso, en este mundo de QR fríos y fuegos artificiales, se agradece.
Lo que nadie te cuenta sobre esto:
A veces, el menú no está en la carta, sino en cómo te miran al servirte. Borona no solo cocina platos: cocina una forma de estar en el mundo. Y esa, nos la comimos entera.









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